Memorias de Rungstedlund

Hoy tengo el gusto de traerles una hermosa anécdota contada por una amiga a la que he decidido bautizar como "genia", pero que también es conocida como María. Aquellos interesados podrán contactarla a través de su cuenta de Twitter @
Sin más preámbulos, damas y caballeros y todo lo demás, los dejo con la "genia":
 
No es raro que, a lo largo de años de lecturas, desarrollemos un cariño o devoción hacia ciertos autores tras leer sus obras. No importa que nos desviemos luego hacia otros derroteros, o que pasen meses sin siquiera pensar en ellos conscientemente. Siempre vuelve el momento en que se nos escapa una sonrisa pequeña pero juguetona, nuestros ojos brillan y voilà! Volvemos a tener esos libros, sus libros, en nuestras manos.

Y por lo mismo, no es raro que algunos de nuestros viajes vayan -por casualidad o sin ella- a los lugares en que nacieron, vivieron, o, simplemente, ambientaron sus obras. ¿Cómo describir la emoción de sentir que estamos paseando por donde nuestro autor un día se olvidó el paraguas o peregrinar -esa es la perfecta palabra-, con una muy privada alegría, hacia el lugar en que sabemos ideó sus páginas, sus cartas, sus obras?

Es, en efecto, difícil de describir esa emoción, pero se que vosotros, los que me léeis, podréis imaginar sin problemas a qué me refiero: al duendecillo que se me metió entre ceja y ceja, haciéndome mover Roma con Santiago para, por fin, estar un sábado grisáceo metida en un tren danés camino de Rungsted, Dinamarca. Camino de Rungstedlund, la casa blanca de tejas rojas entre el estrecho del Øresund y la frondosa arboleda llena de pájaros donde nació, vivió y murió Karen Blixen.

¿De qué nos suena esta escritora? Muy principalmente, por dos razones: por su nombre literario, Isak Dinesen y por su obra más famosa, llevada al cine con Meryl Streep y Robert Redford, "Memorias de África". Con este libro y su continuación, "Sombras en la hierba", conocimos Kenia y su vida en la granja a los pies de las colinas del Ngong, su respeto y admiración por el pueblo masai, lo importante que fue Denys Finch Hatton en su vida. Toda una panorámica aérea sobre los 17 interrumpidos años que pasó allí.

Pero, al margen del inmenso amor de Karen por África, fue en Rungstedlund donde pasó la mayor parte de sus 77 años de vida. Allí fue donde por fin decidió lanzarse a la aventura de escribir y publicar las páginas que salían de su pequeña Corona portátil. Donde se forjó su extraordinario y excéntrico carácter, donde se debatió siempre entre el amor a su familia y a la casa en que nació y entre la profunda angustia que la producía estar en una tierra, un país, donde, a su parecer, nadie la comprendía y trataban de esconderla entre capas y capas de convencionalismos.

En esta visita a lo que es ahora su casa/museo -donde podemos entrar en las habitaciones tal y como ella las dispuso- y sus alrededores -donde, en un santuario de pájaros, se encuentra su simple y elegante tumba-, pude conocer más a fondo la esencia de la baronesa Blixen. Cobran ahí sentido sus palabras, y, sobre todo, sus cuentos fantásticos, donde se refleja su original forma de interpretar el mundo que conocía desde niña en base a coincidencias y relaciones más allá de lo evidente. El festín de Babette, una de sus obras más conocidas, es un exponente claro de su maestría en usar hechos particulares para reflejar sentimientos universales.

Sí, fue allí, en Rungstenlund, donde quedó clara, una vez más, la insistencia de Karen en que debemos ver nuestra vida y la de los demás a vista de pájaro, viendo todo en conjunto; allí fue donde vi en en contexto aquello que afirmaba: "Sólo si uno es capaz de imaginar lo que ha ocurrido, de repetirlo en la imaginación, verá las historias; y sólo si tiene la paciencia de llevarlas largo tiempo dentro de sí, y de contárselas y recontárselas una y otra vez, será capaz de contarlas bien".

Todas las fotos fueron tomadas por María durante su visita a Rungstenlund.

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